Cueva del Ángel

Un paseo de agua y piedra en Hidroprado, de esos que se hacen sin afán y se recuerdan por años. Se llega en lancha, se mira el paisaje y se entra con respeto, porque aquí la naturaleza es la que manda.

La primera vez que uno se arrima a la Cueva del Ángel, entiende por qué le pusieron ese nombre. Entre la sombra fresca de la roca y la luz que se cuela, el lugar se siente distinto, como si el agua bajara el volumen del mundo y dejara a uno oyendo solo lo importante.

Se sale temprano, con la brisita pegando en la cara y el embalse quietico, y el camino ya es parte del cuento. En la lancha la gente va mirando, señalando, tomando fotos, pero también quedándose callada un ratico porque el paisaje lo pide.

Y cuando por fin se llega, lo mejor es no correr. Mirar la cueva, sentir el aire fresco, escuchar el agua y agradecer. Ese es el plan, sencillo y bonito, como se vive en finca.